NOVELA EL ALGORITMO DE DIOS (EL RELEVO DE DIOS)... Una herramienta auna la voluntad social para presionar al poder usando inteligentemente el dinero contra él. Una NOVELA que demuestra que es posible controlar al poder y diseñar nuestro destino. (Casi 50.000 visitantes!!!)

Innovadora. Diseñada bajo un nuevo concepto: La idea novelada, que la convierte en una obra inspiradora.

Narra un experimento social revolucionario que tendrá lugar en la España de la próxima década y como se cruzan las vidas e historias de su genial creador clandestino y una periodista que emigró para trabajar en los Estados Unidos, ahora en plena crisis existencial.

En forma de falsos relatos, la obra critica nuestro pasado reciente y se aventura en el futuro inmediato.

NOVELA completa. Emocionará al amante de la novela de cualquier género, al que gusta del ensayo y al enamorado de la antología de relatos.

Editorial: Ediciones Dauro

EBook: AMAZON, APPLE-ITunes, Esebook

Papel: AMAZON, CASA DEL LIBRO, EL CORTE INGLÉS, y librerías (Columna derecha)

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CÓMPRALA, ¡YA!, no te arrepentirás

RELATO CONECTADO CON LA NOVELA: EL SUERO DE LA VERDAD POLÍTICA


Autor del relato corto: Salvador Sagrado. Autor también de El Algoritmo de Dios (El relevo de Dios), novela conectada en parte con este relato.

Nota del autor: Las manifestaciones asignadas a los líderes políticos en este relato de ficción no son opiniones propias, sino una síntesis de comentarios extraídos de internet y de la gente de la calle.


Poseo una enfermedad traumática: la intolerancia a la mentira. Me llevó a perfeccionar un suero de la verdad y probarlo con éxito en humanos; resulta infalible. El hombre del espejo me sugirió: “¡Ve a por los líderes políticos!, ostentan una grandiosa densidad de hipocresía”. Oído y hecho, voy a forzar la confesión pública de sus intenciones ocultas, o tal vez sus deseos más hondos (pues aún desconozco los límites de mi droga).
Como todos sabéis hasta la saciedad, tras las últimas elecciones no se alcanzó ningún acuerdo que permitiera formar gobierno. Eso nos condena a otra larga campaña política, hasta unas nuevas elecciones. Algo insoportable, que sin embargo encanta a los medios, que no hablan de otra cosa. Los cómicos tienen así más protagonismo que nunca y más tiempo para seguir recreándose en la farsa gratuita. Me han puesto más enfermo de lo habitual y solo dispongo de un medicamento para atajar mi dolencia: Contratacar con mi droga de la verdad.
Me presento en el mitin pronto, cuando los primeros simpatizantes empiezan a entrar en el recinto para coger un sitio cerca del atril de oradores. La policía me cachea y encuentra mi dosificador contra el asma en el bolsillo de la americana. Huele a medicamento y ciertamente lo es: mi droga, mi suero precioso. Dejan que me lo quede (pardillos). Elijo una ubicación con el viento a mis espaldas. Cuando aparecen los líderes, juntos, todo el mundo aplaude y los jalea como si fuesen seres divinos venidos para salvarles. Pongo en marcha el protocolo. Me doy varias aplicaciones del producto sobre la mano dentro del bolsillo. Luego la levanto, agitándola como si les saludara yo también (ingenuos). El viento evapora el producto y lo conduce hasta los candidatos coaligados.
Cuento además con el detector portátil que me llevó cinco años perfeccionar, mis gafas exageradamente negras. Algunas de las moléculas de mi droga llevan un grupo químico fluorescente. Resultan invisibles, pero no para mis gafas, ultrasensibles a la fluorescencia. Como los trazadores de guerra antiaérea, que marcan la trayectoria de los proyectiles, puedo seguir el viaje de mis moléculas marcadas y comprobar como se dirigen hacia las fosas nasales de los líderes. Calculo así la dosis que reciben del suero de la verdad y ajusto la cantidad que volatilizo, no vaya a ser que se desmayen y me estropeen el circo.
Típicos y previsibles, comienzan como de costumbre; algunos consignas y frases contundentes contra las políticas del resto de partidos, chascarrillo va agudeza viene, turnándose de acuerdo con el show planificado. Los que me rodean les ríen las gracias… por poco tiempo. Ahora se ceban con el más débil, buscando la sinergia entre líderes, en su afán para desbancar a un PSOE confuso y decadente. Pero su mensaje empieza a cambiar, como solo yo entre el gentío anticipo. Se arranca el de IU, veamos que esconde.
—Soy joven, pero a diferencia de vosotros, no un perdedor. Os vendo historias de hermanamiento ante el poder opresor que compráis ciegos, hasta alzarme al liderato de esta formación sin futuro, estancada, fracasada como vosotros. Aunque me esconda en la ingenuidad, me mueve un hambre feroz de dinero. Envidio a esos opresores forrados a los que simulo criticar. Por eso, y porque me asqueáis, os he traicionado apostando a caballo ganador: el pacto con un Podemos al alza. Allí están mi puesto y mi dinero, que forjaremos unidos subiendo los impuestos y el gasto público, para cobrar nuestras comisiones. No aspiro a liderar nada serio ya, este cabrón de mi lado no me lo permitirá; pero a cambio quiero empapelarme de billetes a vuestra costa, pardillos. Ya lo tengo todo atado.
La sorpresa muda da paso a los pitidos crecientes ante semejante confesión, que acallan al líder de IU. La cara del de Podemos, pegado a él, permanece curiosamente tranquila. Levanta la mano y pide silencio. La gente vuelve a escuchar, expectante ante una previsible reacción sobre lo que acaba de acontecer. El líder sonríe y empieza su función, sin sospechar que le han cambiado el guion.
—Lo que eres es algo olvidadizo, compañero. Has pactado por ambición, pero también porque cumples órdenes; somos comunistas antes que españoles. Se trata de juntar el mayor rebaño esclavo posible y engordarlo con nuevos ingenuos que suelte el PSOE, hasta conseguir la mayoría absoluta. Ese día cogeré el Manual y pondré patas arriba este país. Lo convertiré en una dictadura comunista al uso; otro nuevo satélite bolivariano desde el que ejercer mi sutil tiranía disfrazada de democracia, como hacen los maestros que me financian. Os obligaré a soportar mis patrañas y caprichos, despreciables camaradas. Controlaré los medios y cerraré al que se resista a mi propaganda. Nacionalizaré las empresas rentables y las exprimiré para financiar nuevas dictaduras comunistas en países vecinos, además de pagar los favores recibidos. También nos correremos unas cuantas juergas gratis total, a vuestra salud e ignorancia. La ley española me permite cumplir el plan comunista al completo, excepto lo que afecta a la moneda. Pero propondré un referéndum para salir del euro, que ganaré sí o sí. De vuelta a la peseta, la devaluaré. Una vez sangrada la clase media, tendré el rebaño de pobres perfecto para perpetuarme, gracias al acoso y derribo, cuando no extorsión, de quién alce la mínima crítica a mis ideas.
Un compañero sube corriendo para hacer callar a su líder, que se resiste nervioso llamándole imbécil a grito pelado, repetidamente y sin el menor recato. La gente esta aturdida. Alguien grita un insulto al que siguen cientos más. Los guardaespaldas sacan a ambos líderes de allí, para prevenir una agresión masiva. Sonrío como en una experiencia sexual plena (según he leído) y salgo de aquel gallinero.
Los medios (con excepciones) se ceban con tamaña primicia. PP, PSOE y Ciudadanos no tardan en sacar rédito político, criticando las declaraciones de corazón de sus oponentes. Sus críticas son sin embargo comedidas, como si hubiese un pacto secreto de moderada agresión acordado entre todos los partidos. La coalición a la defensiva habla de conjura para desacreditarlos, aunque sin aportar prueba alguna.
Todo ese teatro me enfurece. Me dirijo ahora hacia el siguiente objetivo, un mitin de Ciudadanos. Aplico el exitoso protocolo. Acaba de aparecer el líder y extiendo mi mano húmeda para saludarle como se merece. Como el viento es débil hoy, uso un abanico con la mano opuesta como ayuda. Mis gafas comprueban que todo va perfecto. La dosis recibida pronto hará efecto. Tras referirse a la metedura de pata de los líderes del pacto de la izquierda radical, pronto llega el cambio de discurso; la hora de la verdad.
—Sois un atajo de pesados a los que tengo que soportar. Necesito vuestros votos, ante todo, para enriquecerme yo, que otros ya han robado lo suyo, y no hablo solo del espectro político; menuda panda de egoístas. Sí cretinos, quiero ser casta. Sé que estoy verde, pero aprendo rápido de mis predecesores en el arte de robar, legalmente o no. Fomentaré la privatización masiva de todo lo que huela a público, ahorro para mí. Estableceré un férreo control del endeudamiento público; más pasta aún. Dejaré de lado chorradas como el medio ambiente o gastos inútiles del tipo estado de bienestar, igualdad o justicia social. Ayudaré al empresario, a costa de limitar los derechos de los trabajadores; y me lo cobraré. Sabré extraer vuestro dinero sutilmente; por ejemplo, con la excusa de la excelencia, privatizaré el acceso a la función docente. Los futuros profesores tendrán que pagarme para llegar a ejercer. También pienso...
Un abucheo creciente acaba por ahogar las palabras del líder renacido. Parece salir de los efectos de la droga. Una correligionaria se le acerca y le susurra al oído mientras él niega incrédulo. Se tapa la cara con ambas manos, sabedor de que acaba de soltar unos cuantos propósitos ocultos, fatales para su campaña. Intenta volver a hablar, pero el griterío se lo impide. Muy nervioso, pide excusas en una rueda de prensa improvisada, al amparo de un autobús. Niega sus anteriores afirmaciones, pero no acierta a justificar sus palabras; el daño está hecho y lo sabe. Hábil, desliza que todo lo ocurrido favorece el bipartidismo establecido, sin acusar directamente. Chico listo que aprende lo peor del oficio político, aunque no a ser inmune a la verdad absoluta.
La cosa de confesar empieza a calar en la opinión pública. La pregunta es siempre la misma, ¿por qué? Nadie entiende ese suicidio político al que parecen lanzarse los líderes políticos. Pero la reacción social no va mucho más allá de ‘memes internautas’ y comentarios sabatinos en bares y restaurantes. Yo no puedo parar; ¡que siga la fiesta!, lo que parece importar de verdad.
Acudo a un mitin del líder socialista. El día es ventoso, así que tengo que darme varias aplicaciones de loción de la verdad y levantar la mano repetidamente para alcanzar la dosis óptima. Para no levantar sospecha, cierro el puño cada vez sobre una rosa roja, cual militante nostálgico. Tras burlarse de los deslices de sus enemigos políticos, sin preverlo, los acaba imitando.
—Para que lo sepáis, me la bufa el PSOE, me la bufa España y me la bufáis vosotros; más bien disfruto riéndome de todos. Soy un cadáver político, lo sé. Mi partido me ha sentenciado, pero en plena carrera electoral no puede echarme. También me ha prohibido pactar con los podemitas; yo lo haría gustoso si fuese de presidente. Pero si no puedo serlo, al menos marearé la perdiz el mayor tiempo posible, cerrando las puertas al resto, insistiendo en las mentiras cargadas de lógica política, la mía. Y es que los medios y el pueblo consumen mi imagen de chulo como si fuese pienso. Al menos, cuando me tiren, espero que me busquen algo por mi entrega en los momentos malos. Es mi tiempo de ganar caché, influencia y los contactos suficientes. Alguien me dará trabajo, pues como profesional no doy la talla. Aquí solo importa mi culo; el vuestro solo sirve para llevarlo al retrete. Así que, que os den…
La jefa de campaña sube como loca tratando de hacerle ver lo que esta haciendo. Él, inconsciente de su ataque de veracidad, la mira embobado, preguntándole gestualmente la razón de su interrupción. Solo cuando escucha el murmullo masivo, nada cariñoso, reacciona. Al ver que la gente abandona el mitin, cae en la cuenta de que debe haber sufrido el ya famoso síndrome de franqueza inoportuna. Al grito de ¡compañeros y compañeras!, intenta retenerlos, pero la masa andante ni se gira. Se marcha desolado, seguido por mi mueca (no puedo colocar una metáfora pues no me veo la cara; pero mueca la hay).
La noticia salta fronteras y da la vuelta al mundo civilizado (Hay otros ocupados matando o intentando salvarse). Los líderes violentados por su verdad acusan al PP de lo que ocurre. No hay pruebas, pero eso da igual en plena batalla política (el ventilador… ya me entendéis). Nadie da sin embargo explicaciones sobre lo contado. Como de costumbre, confían en que el tiempo y la contrastada memoria española, exigua ergo indicadora de escaso interés, borre sus lapsus. Además, cuantos más caen, menor es el daño individual. Esperan ya el desliz del PP como si fuese la final de la Champions League.
No se merecen mis favores, pero me domina la ansiedad por la verdad. Debo sincerar al líder del PP; mudo incluso en circunstancias favorables. Me cuesta hincarle el diente, pues suspende en el último instante un par de mítines. Su corte sospecha que será el siguiente y están muy vigilantes. En mi primer intento me requisan el aerosol y tengo que tragarme, con el consabido aburrimiento, otro mitin plagado de los mismos mensajes, no ciertos por muy repetidos, y reproducidos hasta la saciedad en los medios, como si no hubiera nada más importante en la vida. La esencia del lavado de cerebro colectivo (también llamado el poder de la tele).
Para mi segundo intento introduzco un poco de I+D+i en mi formulación. Recurro al formato caramelo, envuelto en una capa real de menta, para engañar. Entro con él en la boca y nadie me hace tirarlo. El presidente en funciones ya es mío. Mi falso dulce solo tiene la capa externa dura, el resto es mi droga líquida e igual de volátil. Lo saco de mis fauces terroristas y lo destrozo con la mano alzada. Se produce la magia. El nuevo discurso, veraz, resulta ir una velocidad tres veces más rápida de lo habitual. ¡Le ha puesto las pilas!; lo nunca visto.
—No tenéis ni zorra idea. Me despreciáis por mi cara abobada, porque paso de entrar al trapo de simplezas, por no actuar ante esta o aquella chorrada, como los ataques de mis enemigos. Me falta teatro, ¿y qué? Me duele tener que depender tanto de vosotros, cansinos desagradecidos. Soy el único capaz de salvaros el culo y no hacéis más que ponerme zancadillas, ¡paquetes! Y sí, estoy rodeado de corruptos y de gentuza con demasiado poder; intocables, creedme. No puedo tirarlos, debo protegerlos; saben demasiado y he de mantenerlos calladitos o me arrastrarían al pozo si cantaran; o peor. Pero es lo que hay, esto es España. Quien no roba es porque no puede. Si no se robara, la deuda de España se pagaría sola. Llorones. Gracias mi política económica este es el país con más casas en propiedad del mundo. Tan torpes sois que jugáis con los petardos extremistas, como críos desarrapados, y os empeñáis en votarlos a ver que pasa, burros terroristas. ¿Qué habéis olvidado los desastres económicos que dejó PSOE tras de sí cuando le dejasteis gobernar? ¿Ahora queréis explorar que tal lo hace el comunismo, o el pardillo de Ciudadanos; el amiguito facilón? El día que no gobierne os vais a enterar. Y sí, me bajo los pantalones ante Bruselas, y en cuanto me elijáis os voy a crujir a recortes, y va listo el que no lo haga…
Varios hombres y mujeres, en armónica paridad, suben para hacerle callar. Directamente se lo llevan. Luego, silencio absoluto. De nuevo prima la política del PP, hundir la cabeza ante las inconveniencias. El resto de partidos respira. No se atreven a criticar, habrán decidido enterrar las indiscreciones que a todos afectan. Un gran pacto, por fin, nace en España. Solo se ponen de acuerdo para subirse el sueldo y para atar los intereses comunes, como el control del poder judicial, que les debe proteger de la cárcel a todos. Tras un nuevo cacheo a la salida salgo libre de polvo y paja, al contrario que los líderes políticos; manchados de color verdad… aunque, ¿por cuánto tiempo?
Mi suero de la verdad ha derivado en efectos secundarios políticos contundentes. La jornada electoral acaba de terminar. Al ochenta por ciento escrutado los resultados son claros. La abstención ha ganado las elecciones, alcanzando el setenta por ciento de los potenciales electores. En segundo lugar, queda el voto en blanco o nulo, con un veinte por ciento. Solo les ha votado un mísero diez por ciento; ¡vamos!, no hay que ser Einstein para deducir que aquellos a los que les interesaba que saliera su candidato; los que esperan sacar tajada de ese gobierno.
A buen seguro, el resultado final en escaños no es muy distinto del que se hubiese obtenido sin escuchar las famosas verdades de los líderes (oficialmente olvidadas y ahora relegadas al internet residual y a algún programa de radio tachado de radical). A ellos les da igual. Todos están celebrando a televisión despatarrada su particular éxito electoral, como si nada hubiese pasado. Todos hablan de ese noventa por ciento de gente que hay que reconquistar. Miran al futuro; al suyo, con alegría. ¡Menuda casta! Que los mercados nos pillen confesados. Yo ya he sacado mi dinero y lo guardo bajo un ladrillo (consejo de amigo raro).


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